Cuando la política de Estado justifica y difunde el mal humor, la ofensa y el ataque despiadado contra los más débiles, alimenta la violencia, provoca el malestar devenido de la injusticia social con sueldos muy bajos y costos de vida muy altos; y naturaliza el odio.
Estilo que el inconsciente va incorporando hasta que una mirada es motivo de respuesta agresiva, confundiendo el gesto con una provocación o desafío. Todo es cuestionable desde la violencia y el diálogo esclarecedor es despreciado con el uso de la fuerza y el arma amenazante hasta el delito gravísimo, quitando la vida al semejante.
Es lo mismo el que labura, cuando puede, que el que afana o está fuera de la Ley.
Y detrás de esta escena que parece producto del carácter descontrolado de las personas, alerta está la razón del cambio de conductas. El estímulo a la violencia, el desprecio por el prójimo y el individualismo; negando los valores de la convivencia comunitaria.
Para ello se violan leyes y hasta ignora la Constitución Nacional y que prevalezca el libertinaje sobre la libertad, las obligaciones, la sujeción a la Ley y las buenas costumbres en amplio sentido. Vale un atento saludo y no la ofensa o la descalificación por reclamar un Derecho a la merecida dignidad.
Aspectos desechados desde el máximo nivel del gobierno, de espaldas a las instituciones mediante el anarquismo, infectando el criterio del común denominador con la falsedad ideológica, disimulando la mentira.
Se odia en lugar de disentir respetuosamente y amenaza la existencia en lugar de respetar valores y culturas que no son iguales en todas las sociedades.
Respetar la historia y las creencias sin intervención del foráneo. Respetar las soberanías sin impulsar ni adherir a las guerras que generan muertes y posterior negociado de la reconstrucción estructural, a manos del originario agresor destructivo.


