Las décadas vividas con profundos cambios, deberían haber dejado fortalecido el proceder humanitario; en lo individual, en lo colectivo y en lo gubernamental.
Progresivamente se ha ido pauperizando la vida humana mientras se estimuló un mérito mal intencionado en su difusión y deformado en su interpretación; para justificar el retiro del Estado en la compleja cotidianidad social.
Se facilitó el atropello a las normas legales, naturalizó su negación y promocionó, por ejemplo, el delito de la evasión. Los evasores pasaron a ser héroes, y los que se quedaron sin laburo y no pagaron el mono tributo pasaron a ser morosos, impedidos de seguir prestando algún servicio con paga miserable.
Tanto impulsaron el individualismo que hoy, se torna natural la persecución social o el rechazo a la procedencia de otra ciudad o región. Como las leyes fueron violadas no hay más igualdad entre las personas o ante las normas legales. La decisión se toma según el criterio personalista del funcionario ejecutivo o judicial.
Y lo que demuestra el perfil ideológico sectario de algunas medidas gubernamentales nacionales, refleja amenazas o las pretendidas órdenes de policías porteños para el que fuere bonaerense, se vaya a su lugar de origen. Nada de libre tránsito, de igualdad, del curro de la justicia social, de los derechos humanos; y sí a militarizar espacios públicos y prohibir derechos.
Proceso creciente a favor del sálvese quien pueda, inducido con amenazas, detenciones o expulsiones, que hasta podrían complicar a un tercero por cercanía. Parecido a los tiempos del horror cuando por estar en una libreta te buscaban, detenían y hasta desaparecías.
Agrava la crítica situación el autoritarismo, la generación de la desigualdad y el hacerte sentir que no sos “gente de bien”, por ser pobres, o pensar diferente al individualismo o manoseo social, hoy, de abundante impunidad.


