Por esas situaciones del tiempo de vida, con su inexorable final, se sumó la pérdida material de un tipo querido y respetado llamado Ernesto Cherquis Bialo.
Un periodista uruguayo que se conjugó con lo más íntimo de nuestra argentinidad e hizo gala de su amor y pasión por el deporte y la vida que compartió en este gran país, maltratado sin sentido, que tanto tiene para darnos.
Sólo falta que los que reparten sean más solidarios.
Se llamará también en la memoria popular o colectiva, Cherquis, que como otros grandes dejó una riqueza que algunos atesoramos con egoísmo respetuoso, de quedarnos con lo mejor. Un valor humano y profesional destacable que recorrió toda la senda del periodismo desde aquel lugar de “cadete”, en la revista “El Gráfico”, a la que llegó a dirigir.
Lo tuvimos en los diarios, la radio, en televisión y afortunadamente con los nuevos recursos tecnológicos.
Lástima que esos recursos también se llevaron la atención de las nuevas generaciones a la digitalidad distractiva, facilista, irreal y peligrosa cuando su uso estéril.
“Cherquis” fue otra de las voces que narraban con poesía y así, transmitía cultura y en sus últimos años, no dudó en levantar con indisimulado compromiso; banderas defensoras de los derechos y la dignidad contra las injusticias y los verdugos.
Se lleva otro cacho de la memoria en ese ida y vuelta en el que la conciencia, termina por traducir lo que tal vez en muchos casos, no tuvo la atención merecida y conveniente para no equivocar el rumbo.
Intentar reemplazar o soslayar a este maestro sería una muestra de soberbia absurda, por la incapacidad de interpretar semejante bagaje periodístico cultural.
Algo que según veo en este tiempo, no se multiplica con sucesores capaces de honrar semejante sabiduría.
Para Cherquis, con esta lágrima que me oculta la tecla, que partió en la llegada del nuevo y su último otoño, también memoria, respeto y la necesaria atención para seguir aprendiendo.


