Los argumentos repetidos para justificar la reforma laboral que nada de nuevo tiene y mucho de los intentos de otros gobiernos afines a la idea; parecen no convencer a los que más pidieron sobre la quita de derechos.
La promesa de generación de nuevo empleo, regularización de abundantes anómalas relaciones laborales y la llegada de inversiones; no despertaron ninguna algarabía y si hubo algún festejo empresario, se opacó con los reiterados cierres de empresas en un país en el que pocas actividades se destacan.
Tal vez sólo una. La referida al desarrollo hidrocarburífero especialmente en la formación geológica Vaca Muerta.
Ni siquiera la minería parece haber despegado como lo anunciaron. Es casi común que voces reconocidas del economicismo nunca identificadas con procesos populares, advierten sobre la pasividad de un proceso que apenas si beneficiaría a un sector patronal, dañando intereses de trabajadoras y trabajadores.
No lograría la multiplicación del laburo, la producción, ni el aumento de la capacidad de compra y consumo. Elemental, si no hay producción no hay riqueza para nadie. Y el capital que no se invierte en desarrollo va a la timba, y con ello, ganan pocos.
Nunca abundaron los empleadores poderosos benignos. Sí predominaron los que renegaron por las garantías y derechos de la fuerza del trabajo. Pareciera que para algunos sólo vale su capital y lo del trabajo; sería una obligación cuanto más menospreciada mejor. Economistas neoliberales calificados de rebeldes y algo más por el presidente Milei; hoy reiteran lo de la estanflación.
Más perniciosa que la inflación generada por la especulación de poderosos intereses que culpan al salario más y más pauperizado; es la muestra de los desequilibrios.
Resultado repetido: sacrificio y pagar la deuda generada por los propios, tal lo demuestra la historia de entrega, defraudación del Estado y destrucción del círculo virtuoso.


