En marzo de 2026 se reunirán los presidentes del Brasil, Lula da Silva, y de los EU, Donald Trump. Encuentro que promete sin duda que se conozcan, ratifiquen o cambien algunas pautas aplicadas hasta ahora, con el fin de abrir las relaciones por un lado, o imponer condiciones dominantes en desmedro de la soberanía de países diversos.
Si bien el lector puede inferir quién es quién en estas posturas, recordemos que Trump busca de varias formas imponer aranceles a las importaciones vengan de donde sea, intentando evitar, en lo posible, la participación de China.
En simultáneo las fuerzas armadas se mueven en regiones del mundo esparciendo amenazas bélicas propias del imperialismo tradicional estadounidense. El que en su propia casa sintió el freno legal de la Suprema Corte declarando la ilegalidad de dichos aranceles, ahora al parecer, reducidos al 10 % pero a todos los países con los que comercialicen.
Mientras tanto el presidente brasileño anticipa que no quiere ni aceptará un nuevo proceso de guerra fría, encubriendo ataques y sentencias unilaterales del poder económico operador en Wall Street. Lula plantea antes del encuentro que el futuro de las naciones esté libre del intervencionismo de cualquier bandera, y a la vez, promueve el equilibrio y la igualdad en las relaciones internacionales.
Intercambio comercial respetuoso de las potestades genuinas, protegiendo los recursos naturales, anticipó da Silva optando por la paz anulando las convulsiones provocadas por el expansionismo. Una vez más Lula demuestra su vocación de mejorar las relaciones nacionales, dejando de lado amenazas, ofensas personales y desprecios políticos como los declarados por Trump y su asociado Milei.
Dialogar y construir por sobre las diferencias, respetando soberanías sin invadir, derechos y potestades; en lugar de promover el arcaico colonialismo destructor institucional y social, visto a lo largo de la historia de la humanidad.


