Esta vez la proximidad del fin de año se tiñe de rojo violáceo con un atentado violento y de claro fin intimidatorio. El hecho producido en la sede sindical de los trabajadores del vidrio en la ciudad de Buenos Aires, recuerda la violencia del pasado, cuando personajes de la derecha desplegaban poder.
Recursos del Estado para imponer el terror con métodos arcaicos en el mundo: que reflotaban en Suramérica. Hechos que generaron resistencia a las dictaduras, que en Argentina, tienen suficientes antecedentes. Situaciones apoyadas por sectores de gran poder económico que hoy pujan por más y más concentración de riquezas.
Eran apoyados desde los EEUU en su afán invasor de dominación y saqueo que dejó claras muestras en el mundo. Escena que Donald Trump quiere reimplantar, simulando ser pacifista tras financiar guerras expansionistas. Situaciones y consecuencias que no deberían tener motivo.
Mientras tanto en nuestro país se vive lo que puede convertirse en motivos como los del 2001, ante los que como solución, el gobierno nacional ha impuesto y mantiene, la represión armada contra civiles perjudicados y con menos posibilidades de auto sustento y defensa, por las agresiones físicas y económicas.
No hay que estimular la violencia porque sabido es que genera lo que demuestra la física ilustrada. Acción y reacción que pueden demorarse pero también convertirse en realidad. La violencia no es lo aconsejable de parte de ningún sector, como tampoco lo es la provocación para ejercerla. Hechos peligrosos que pueden llevarnos a situaciones extremas, con la violación premeditada de la Constitución Nacional.
Grave sobre todo, si los legisladores y los jueces se distraen, ya sea por cobardía o connivencia. Una alternativa es no repetir la historia de vaciamiento, endeudamiento y entrega que vivimos entre dictaduras y gobiernos neoliberales.


